

Desde tiempos antiguos en China, su cocina ha sido un reflejo de tradición, diversidad y sabor. Elevada por dinastías como la Tang y la Song, la gastronomía oriental fusiona técnicas milenarias —salteados, estofados, vaporizados— con ingredientes emblemáticos: arroz, fideos, verduras, carnes y salsas como la de soya y ostión. Este repertorio viajero cruzó el Océano Pacífico y, llegada a México a finales del siglo XIX y principios del XX, encontró un nuevo terreno para echar raíces.
La migración china a la península de Baja California impulsó que estos sabores se difundieran, especialmente entre las comunidades agrícolas y ferroviarias, dando origen a las famosas “Chinescas” (como en Mexicali y Ensenada), donde la fusión cantonesa‑mexicana comenzó a tomar forma. Pronto estos sabores se perpetuaron y adaptaron en otras regiones del país.
Morelia, Michoacán, no fue la excepción. Aunque reconocida por sus tradiciones purépechas y platillos emblemáticos como la corunda o la morisqueta, también integró la cocina china como parte de su oferta gastronómica. La llegada de inmigrantes chinos, permitió que en la ciudad se establecieran los primeros restaurantes. Poco a poco, la cocina china se combinó con ingredientes locales, dando lugar a versiones regionales de platillos clásicos: el arroz frito con sazón michoacana, comida oriental a base verduras y los rollitos reinterpretados con rellenos al estilo moreliano.
Así, con más de 20 años de experiencia, creamos La Gran Muralla China en Morelia: un punto de encuentro entre lo ancestral y lo local, en donde cada guisado (desde el pollo agridulce hasta el puerco con piña) es el resultado de un legado que viajó desde el corazón de Oriente, cruzó fronteras y se adaptó al gusto mexicano. Este viaje culinario es una muestra de cómo la fusión es una obra viva: conviviendo en el presente, respetando orígenes, y celebrando sabores que, aunque compartan nombre, nacen del corazón de la tierra moreliana.